CURADORA Y CRÍTICA DE ARTE
Chonon Bensho y Pedro Favaron
Fundación Cervieri Monsuárez (UY)
ArtNexus, #126 (junio-noviembre 2026)
La Fundación Cervieri Monsuárez es un espacio que, en sus dos años de vida, viene haciendo una apuesta fuerte por delinear una cartografía de un arte contemporáneo situado, a la vez que pone el foco en los materiales y en el territorio, un arte profundamente enraizado en lo autóctono y latinoamericano, ante lo difícil y complejo que puede suponer semejante proeza.
La exposición “Maloca. Cosmopoéticas de la Amazonía peruana” pertenece a una pareja de artistas: Chonon Bensho, artista shipibo-konibo cuyo nombre significa “golondrina de los campos medicinales”, y Pedro Favaron, académico y artista limeño que se ha incorporado a la familia y cultura shipibo bajo el nombre de Inin Niwe, que significa “viento perfumado de la medicina”. Los límites de este vínculo –tanto afectivo como académico-profesional– y de su producción artística son difusos, así que, a tientas, vamos descubriendo y delineando lo uno de lo otro.
Para poner en contexto, la nación indígena shipibo-konibo es un pueblo de la Amazonía peruana con unas 35 mil personas. Esta comunidad es reconocida por sus saberes medicinales y etnobotánicos, así como distinguida culturalmente por sus diseños de geometría abstracta (kené). Se trata de un pueblo mayormente pescador, que habita en los márgenes del río Ucayali y sus afluentes (Aguaytía, Pisqui y Tamaya).
En primer lugar, en la gran sala de doble altura se erige Maloca (2025), una construcción en paja y madera que sigue un modelo arquetípico de una casa-refugio amazónica, forrada con un tejido en mostacillas con un diseño geométrico abstracto (kené shewa). Estos patrones geométricos son códigos que conectan y transmiten los saberes espirituales de la flora y la fauna. Esta casa se presenta como un espacio de cobijo y contención, que se deja bañar por la cálida luz natural que permea todo el espacio. A su alrededor la acompañan –como guardianes– una serie de colibríes y girasoles –también hechos en mostacillas– que parecen proteger el paisaje.
En su interior, el espacio cobra una dimensión más cercana e íntima. La estructura nos invita a sentarnos y a permanecer en reposo y silencio, mientras agudizamos otros de nuestros sentidos, como el olfato y el oído. La paja emana un potente aroma a hierba fresca y plantas medicinales (noi rao). A medida que nuestros ojos se acostumbran a una luz tenue, vamos percibiendo la música y los cánticos (Bewá, 2025) que nos llegan desde otra cultura (shipibo-konibo) en un lenguaje que nos es desconocido. Más allá de la barrera idiomática y cultural, no hay duda de que la maloca nos convoca a entrar en otro estado de conciencia, más proclive a la introspección y a bajar el ritmo. Se nos propone hacer una pausa y habitar otro tiempo.
En segundo lugar, sobre las paredes de la sala cuelgan bordados –elaborados por Chonon Bensho– pertenecientes a la serie Niwe jonibo (La gente aérea) (2024). Estas imágenes ilustran la cosmogonía shipibo-koniba a partir de los saberes ancestrales que se transmiten de generación en generación y a través de los sueños, en los que se conectan con mundos suprasensibles. Así, estas telas generan un umbral dialógico entre el mundo sensible y el espiritual.
La delicadeza y el equilibrio de los bordados nos transmiten una sensación de calma y de comunión con la naturaleza y el cosmos. Las composiciones son, en su mayoría, simétricas y combinan elementos figurativos con geometría abstracta. Estos patrones geométricos son característicos de la identidad cultural shipibo-konibo y fueron declarados Patrimonio Cultural de la Nación por el entonces Instituto Nacional de Cultura del Perú en 2008. Los diseños equilibrados y simétricos responden a la importancia que esta cultura da a la convivencia en armonía con el territorio, al respeto de la naturaleza y de otros seres vivos. Para esta comunidad, los seres humanos, así como las plantas y los animales, los cursos de agua, la tierra y los demás elementos naturales están en una relación de igualdad; por lo tanto, todos debemos convivir en equilibrio con los demás, sin hacer un uso extractivista de los recursos. Tienen un vínculo afectivo con la naturaleza y con el territorio.
En muchas de estas piezas, la figura del colibrí vuelve a aparecer. En Niwe jonibo se puede observar cómo los distintos elementos y patrones que rellenan las figuras son más abigarrados o espaciados, dependiendo de la densidad de la sustancia. Por ejemplo, lo terrenal y vegetal –que se ubica en el tercio inferior de la tela– es más compacto que las pequeñas casi nulas intervenciones presentes en el plano superior, correspondientes al elemento aire. De esta forma, podemos visualizar el orden y la comprensión shipibo sobre el cosmos.
Por último, en la sala inferior, se proyectan dos documentales sobre la nación shipibo-konibo, dirigidos por Pedro Favaron. En especial, el filme Meraya –sin diálogos ni voz en off– logra transmitir otra concepción temporoespacial, donde las materialidades y las sustancias cobran una nueva dimensión. Esta pieza audiovisual nos permite un mayor acercamiento y comprensión de la cultura y la cosmovisión de este pueblo, lo que nos ayuda a captar y desentramar, con otra sensibilidad, la instalación en la sala principal.