CURADORA Y CRÍTICA DE ARTE
Florencia Sadir
W-Galería (AR)
ArtNexus, #126 (junio-noviembre 2026)
En esta inmensa sala de W-Galería, Florencia Sadir delinea un paisaje a través de elementos mínimos; con pequeños acentos y ritmos, reconstruye la sensación y la memoria de un bosque de algarrobos de Animaná (que se incendió en 2024 en Salta, la provincia en la que nació y creció). “Lo que sucede río arriba, sucede río abajo”, curada por Laura Hakel, despliega una serie de instalaciones marcadas por tres materialidades contundentes: el barro, la madera y la plata.
Lo primero que nos encontramos es un piso cubierto de polvo rojizo y resquebrajado: Después de la fuerza (2025). En esta obra, la arcilla aparece en su estado más virgen y puro. En este paisaje árido y seco, la materialidad se vuelve omnipresente, una la siente en el cuerpo: en la lengua y en la garganta, que saben a polvo empastado.
Lo que sucede río arriba, sucede río abajo (2025): la instalación central que da nombre a la exposición parece dispuesta de tal forma que se espera una reunión o un acto ritual en torno a la figura de un árbol. Este árbol negro, carbonizado e invertido, se impone en medio del espacio sobre una gran plataforma blanca. Su tronco está compuesto por múltiples ramas encontradas, unidas a través de anillos de cerámica con lustre de plata, que, en su conjunto, conforman un árbol atrapante e impactante. En lugar de mirar hacia arriba, este árbol hace reverencia al suelo, el mismo que lo vio nacer y lo nutrió. Junto a él encontramos unos cuencos de cerámica, cocidos con humo y con láminas de plata en su interior, que conservan el agua. Estas parecerían ser las únicas reservas de agua disponibles en este desierto, como si se hubiera extraído el agua de cada uno de estos elementos y se hubiera concentrado todo allí para su reverencia y consagración.
Dos paredes de la sala son apuntaladas por otras ramas carbonizadas del bosque: Diagonal monte (2025). Las ramas inclinadas dan estructura y sostienen: resisten aún erguidas –pero no sin marcas– las inclemencias del tiempo y de la actividad humana. Estas piezas nos remiten a la instalación monumental Refugio (2025), que hizo en el marco de la muestra “Yendo por dentro del agua, he llegado muerta de sed”, expuesta en Malba-Puertos entre marzo de 2025 y febrero de 2026. En ella, tres paredes inclinadas se autosostienen y son mantenidas en el centro por una pequeña rama quemada de algarrobo. Ahora, junto a cada rama encontramos un tejón de cerámica negra, sobre el que Sadir traza ríos y cauces de agua con líneas orgánicas e irregulares. Por momentos, en algunos de estos surcos se cuela la plata como un intersticio: sinónimo de agua o de vida.
El trazo reaparece en 7, 8, 2, 5… (2025), un reloj hecho a partir de piedras de arcilla, con números y signos marcados. Estas escrituras nos recuerdan un lenguaje ancestral o imaginario –desconocido– que escapa a la imperiosa necesidad de nuestro tiempo, en el que queremos saberlo todo. Un reloj que, según la curadora, “invita a considerar otro tiempo, fuera del carácter utilitario de nuestras medidas”. Un reloj que, más que marcar la hora, lo que hace es proponer la pausa como momento de observación y reflexión.
El concepto de medida está presente también en eE (2025), un conjunto de reglas de madera que se asemejan a los limnímetros, instrumentos utilizados para medir la crecida en los cauces de agua. Estas reglas están acompañadas de otro conjunto de ladrillos de cerámica, con pátina de plata, que condensan el movimiento y las fuerzas del agua, como si fueran las huellas que dejó a su paso el río. Esto resuena también con la arcilla rojiza que cubre el piso y sube por el zócalo de las paredes, generando una guarda de barro, rasgo característico de los lechos del río tras las crecidas y bajadas del agua.
En la serie Rayo (2025), pequeños fragmentos de ramas recolectadas del río Calchaquí son unidos en varillas más largas con aros de cerámica y lustre de plata. Tanto en esta obra como en las anteriores, la cerámica y la plata –que aparece como símbolo del agua en la obra de Sadir– son el elemento aglomerante a través del cual la naturaleza se mantiene viva o resiste, si bien cambiante.
En todas estas obras están presentes dos conceptos contrapuestos: la fragilidad y la resistencia de la naturaleza. Esta puede adoptar formas, estados y materialidades diversos; puede resquebrajarse y quebrarse, quemarse y transformarse, pero hay una resistencia intrínseca que la mantiene viva a pesar de las adversidades.
Para Sadir, la materia lo es todo, y es indisoluble del territorio, respira el lenguaje de la naturaleza. Sus investigaciones nos hablan de un profundo sentido de respeto por los recursos naturales, así como de un trabajo comprometido políticamente y éticamente con la crisis ecológica actual. Sus grandes instalaciones requieren, sobre todo, una mirada atenta y empática que sepa captar con agudeza la sensibilidad y la delicadeza que susurran el bosque y el río.